Protegiendo a los proteccionistas ( De sí mismos)

Martes 25 Febrero, 2014

La apertura de la economía y su integración al mundo ha demandado de parte de los empresarios peruanos grandes sacrificios, imaginación y capacidad para adaptarse a importantes cambios. Hace pocos días escuchaba a un empresario que me recordaba cómo él vivió este proceso. Refirió su primer contacto, iniciada la década de 1980, con el equipo encargado de poner en práctica la gradual liberalización del comercio, equipo del que yo formaba parte.

Nos contó que, por ese entonces, el Gobierno anunció que eliminaría las prohibiciones a la importación y que reduciría su protección de 120% al producto importado a un máximo de 60% (y luego se disminuiría gradualmente hasta un 10%). A pesar de no creer que el Gobierno realizaría tan revolucionaria reforma y de pensar que el equipo en cuestión, seguramente, no entendía nada acerca de la industria nacional, reunió a sus directores para informarles de las rebajas en la protección arancelaria que supuestamente se podría en práctica.

Los convenció de la necesidad de lanzar una ambiciosa reestructuración de la compañía, que incluía la adopción de nuevos procesos y la adquisición de tecnología de punta. Hoy –me contaba– su empresa abastece competitivamente el mercado local y exporta sus productos a 16 países. El arancel a la importación de los productos similares a los que su empresa fabrica es cero.

La industria peruana ha experimentado una transformación espectacular. En muchos casos el proceso ha sido doloroso y hasta ruinoso. Industrias enteras han desaparecido, pero muchas otras, antes inexistentes, han surgido con fuerza, mientras que algunas más han pasado por largos períodos de adaptación.

graf_produccion_manufacturera_no_primaria_y_tasa_arancelaria_promedioHoy, ya concluida la liberación del comercio, nadie discute que la industria peruana es más grande y extraordinariamente más competitiva. El sector manufacturero ha crecido a un ritmo similar al de la economía en su conjunto, manteniendo así su participación dentro el PBI (ver gráfico). Sin embargo, podemos afirmar que esa participación es aún mayor que la observada en la época en que la industria se hallaba tan protegida, esto debido a que hoy se le mide con precios muy cercanos a los que rigen en el mercado internacional en vez de aquellos precios antes inflados por los altos aranceles y muy difícilmente considerados en los cálculos de cuentas nacionales.

Más importante que todo lo anterior, el Perú no tiene una industria artificial sino una que compite con éxito internacionalmente. Ello ha permitido la consecución, sin traumas, de muchos tratados de libre comercio que hoy otorgan acceso preferencial a más del 95% de las exportaciones peruanas en todo el mundo.

Por otro lado, la calidad y la competitividad de los productos industriales peruanos no solo han significado enormes beneficios para los consumidores, sino que además han permitido una integración productiva de gran alcance de la minería, del petróleo y de la pesca con la industria nacional. Hoy podemos encontrar maquinaria peruana en proyectos y operaciones mineras en numerosos países.

En una visita en el 2012 a la operación del proyecto aurífero de Pueblo Viejo, en República Dominicana, construido en parte por ingenieros y obreros peruanos de la firma Graña y Montero, observé importantes piezas de maquinaria minera fabricadas en el Perú por una de las empresas líderes del sector metalmecánico, paradójicamente quizá, uno de los sectores que presentaron en su momento mayor rechazo a la reducción arancelaria.

En suma, la industria nacional se desarrolla hoy de manera independiente de los subsidios estatales, el crédito preferencial de bancos estatales de fomento o la protección del mercado cerrado (el arancel promedio en el Perú es inferior a 2%).

Sin embargo, la manufactura peruana debe lidiar con políticas laborales e impositivas que le restan artificialmente competitividad. La rigidez del mercado laboral, trámites escandalosamente excesivos, la fiscalización redundante por parte del Estado, la competencia con la actividad informal y la falta de apoyo gubernamental a la innovación configuran una carga indebida que la industria debe sobrellevar. Pero aquella protección que tanto defendieron algunos industriales no es ya mencionada en el debate sobre el sector. En cambio, hoy el justificado reclamo es aquel que demanda un entorno competitivo en términos de infraestructura apropiada y legislación laboral acorde con aquella prevalente en los países con los que tenemos que competir en los mercados mundiales.

*Una columna de Roberto Abusada publicada el día de hoy en el diario El Comercio.

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